Esta fue la lectura que se compartió y analizo en la plaza publica, en el marco de la segunda actividad publica del grupo de Universidad al Parque (12 de noviembre de 2011). Disfruten de su elocuencia.
Extracto del libro: La Maestría del Amor.
Un libro de sabiduría Tolteca Dr. Miguel Ruiz
Quizá nunca hayas pensado en esta cuestión, pero en mayor o en menor
medida, todos nosotros somos maestros. Somos maestros porque tenemos el
poder de crear y de dirigir nuestra propia vida.
De la
misma manera en que las distintas sociedades y religiones de todo el
mundo han creado una mitología increíble, nosotros creamos la nuestra.
Nuestra mitología personal está poblada de héroes y villanos, ángeles y
demonios, reyes y plebeyos. Creamos una población entera en nuestra
mente e incluimos múltiples personalidades para nosotros mismos.
Después, adquirimos dominio sobre la imagen que vamos a utilizar en
determinadas circunstancias. Nos convertimos en artistas del fingimiento
y de la proyección de nuestra imagen y en maestros de cualquier cosa
que creemos ser. Cuando conocemos a otras personas las clasificamos de
inmediato según lo que nosotros creemos que son. Y actuamos del mismo
modo con todas las personas y cosas que nos rodean.
Tienes
el poder de crear. Tu poder es tan fuerte que cualquier cosa que
decidas creer se convierte en realidad. Te creas a ti mismo, sea lo que
sea que creas que eres. Eres como eres porque eso es lo que crees sobre
ti mismo. Toda tu realidad, todo lo que crees, es fruto de tu propia
creación. Tienes el mismo poder que cualquier otro ser humano en el
mundo. La principal diferencia entre otra persona y tú estriba en la
manera en que aplicas tu poder y en lo que creas con él. Tal vez te
parezcas a otras personas en muchas cosas, pero no todo el mundo vive la
vida de la misma manera que tú.
Has practicado toda tu
vida para ser quien eres y lo haces tan bien que te has convertido en un
maestro de lo que crees que eres. Eres un maestro de tu propia
personalidad y de tus propias creencias; dominas cada acción y cada
reacción. Practicas durante años y años hasta que alcanzas el nivel de
maestría para ser lo que crees que eres. Y cuando por fin comprendemos
que todos nosotros somos maestros, llegamos a ver qué tipo de maestría
tenemos.
Cuando un niño tiene un problema con alguien, y
se enfada, por la razón que sea, el enfado hace que el problema
desaparezca y de este modo obtiene el resultado que quería. Entonces,
vuelve a ocurrir, y vuelve a reaccionar con enfado, ya que ahora sabe
que, si se enfada, el problema desaparecerá. Pues bien, después practica
y practica hasta llegar a convertirse en un maestro del enfado.
Pues
bien, de esta misma manera es como nos convertimos en maestros de los
celos, en maestros de la tristeza o en maestros del autorechazo.
Toda
nuestra desdicha y nuestro sufrimiento tienen su origen en la práctica.
Establecemos un acuerdo con nosotros mismos y lo practicamos hasta que
llega a convertirse en una maestría completa. El modo en que pensamos,
el modo en que sentimos y el modo en que actuamos se convierte en algo
tan rutinario que dejamos de prestar atención a lo que hacemos. Nos
comportamos de una manera determinada sólo porque estamos acostumbrados a
actuar y a reaccionar así.
Pero para convertirnos en
maestros del amor tenemos que practicar el amor. El arte de las
relaciones también es una maestría completa y el único modo de
alcanzarla es mediante la práctica. Por consiguiente, para llegar a ser
maestro en una relación hay que actuar. No se trata de adquirir
determinados conceptos ni de alcanzar un conocimiento en concreto. Es
una cuestión de acción. Ahora bien, evidentemente, para actuar es
preciso contar con algún conocimiento o al menos con una mayor
conciencia de la manera en que funcionamos los seres humanos.
Quiero
que te imagines que vives en un planeta donde todas las personas
padecen una enfermedad en la piel. Durante dos mil o tres mil años, la
gente de este planeta ha sufrido la misma enfermedad: todo su cuerpo
está cubierto de heridas infectadas, que cuando se tocan, duelen de
verdad. Evidentemente, la gente cree que esta es la fisiología normal de
la piel. Incluso los libros de medicina describen dicha enfermedad como
el estado normal. Al nacer la piel está sana, pero a los tres o cuatro
años de edad, empiezan a aparecer las primeras heridas y en la
adolescencia, cubren todo el cuerpo.
¿Puedes imaginarte
cómo se tratan esas personas? Para relacionarse entre sí tienen que
proteger sus heridas. Casi nunca se tocan la piel las unas a las otras
porque resulta demasiado doloroso, y si, por accidente, le tocas la piel
a alguien, el dolor es tan intenso que de inmediato se enfada contigo y
te toca a ti la tuya, sólo para desquitarse. Aun así, el instinto del
amor es tan fuerte que en ese planeta se paga un precio elevado para
tener relaciones con otras personas.
Bueno, imagínate que
un día ocurre un milagro. Te despiertas y tu piel está completamente
curada. Ya no tienes ninguna herida y no te duele cuando te tocan. Al
tocar una piel sana se siente algo maravilloso porque la piel está hecha
para la percepción. ¿Puedes imaginarte a ti mismo con una piel sana en
un mundo en el que todas las personas tienen una enfermedad en la piel?
No puedes tocar a los demás porque les duele y nadie te toca a ti porque
piensan que te dolerá.
Si eres capaz de imaginarte esto,
podrás comprender que si alguien de otro planeta viniera a visitarnos
tendría una experiencia similar con los seres humanos. Pero no es
nuestra piel la que está llena de heridas.
Lo que el
visitante descubriría es que la mente humana padece una enfermedad que
se llama miedo. Al igual que la piel infectada de los habitantes de ese
planeta imaginario, nuestro cuerpo emocional está lleno de heridas, de
heridas infectadas por el veneno emocional. La enfermedad del miedo se
manifiesta a través del enfado, del odio, de la tristeza, de la envidia y
de la hipocresía, y el resultado de esta enfermedad son todas las
emociones que provocan el sufrimiento del ser humano.
Todos los seres humanos padecen la misma enfermedad mental.
Hasta
podríamos decir que este mundo es un hospital mental. Sin embargo, esta
enfermedad mental ha estado en el mundo desde hace miles de años. Los
libros de medicina, psiquiatría y psicología la describen como un estado
normal. La consideran normal, pero yo te digo que no lo es.
Cuando
el miedo se hace demasiado intenso, la mente racional empieza a fallar y
ya no es capaz de soportar todas esas heridas llenas de veneno. Los
libros de psicología denominan a este fenómeno enfermedad mental. Lo
llamamos esquizofrenia, paranoia, psicosis, pero la verdad es que estas
enfermedades aparecen cuando la mente racional está tan asustada y las
heridas duelen tanto, que es preferible romper el contacto con el mundo
exterior.
Los seres humanos vivimos con el miedo continuo a
ser heridos y esto da origen a grandes conflictos dondequiera que
vayamos. La manera de relacionarnos los unos con los otros provoca tanto
dolor emocional que, sin ninguna razón aparente, nos enfadamos y
sentimos celos, envidia o tristeza. Incluso decir «te amo» puede
resultar aterrador.
Pero, aunque mantener una interacción
emocional nos provoque dolor y nos dé miedo, seguimos haciéndolo,
seguimos iniciando una relación, casándonos y teniendo hijos.
Debido
al miedo que los seres humanos tenemos a ser heridos y a fin de
proteger nuestras heridas emocionales, creamos algo muy sofisticado en
nuestra mente: un gran sistema de negación. En ese sistema de negación
nos convertimos en unos perfectos mentirosos. Mentimos tan bien, que nos
mentimos a nosotros mismos e incluso nos creemos nuestras propias
mentiras.
No nos percatamos de que estamos mintiendo, y en
ocasiones, aun cuando sabemos que mentimos, justificamos la mentira y
la excusamos para protegernos del dolor de nuestras heridas.
El
sistema de negación es como un muro de niebla frente a nuestros ojos
que nos ciega y nos impide ver la verdad. Llevamos una máscara social
porque resulta demasiado doloroso vernos a nosotros mismos o permitir
que otros nos vean tal como somos en realidad. El sistema de negación
nos permite aparentar que toda la gente se cree lo que queremos que
crean de nosotros. Y aunque colocamos estas barreras para protegernos y
mantener alejada a la gente, también nos mantienen encerrados y
restringen nuestra libertad. Los seres humanos se cobijan y se protegen y
cuando alguien dice: «Te estás metiendo conmigo», no es exactamente
verdad. Lo que sí es cierto es que estás tocando una de sus heridas
mentales y él reacciona porque le duele.
Cuando tomas
conciencia de que todas las personas que te rodean tienen heridas llenas
de veneno emocional, empiezas a comprender las relaciones de los seres
humanos en lo que los toltecas denominan el sueño del infierno. Desde la
perspectiva tolteca todo lo que creemos de nosotros y todo lo que
sabemos de nuestro mundo es un sueño. Si examinas cualquier descripción
religiosa del infierno te das cuenta de que no difiere de la sociedad de
los seres humanos, del modo en que soñamos. El infierno es un lugar
donde se sufre, donde se tiene miedo, donde hay guerras y violencia,
donde se juzga y no hay justicia, un lugar de castigo infinito. Unos
seres humanos actúan contra otros seres humanos en una jungla de
predadores; seres humanos llenos de juicios, llenos de reproches, llenos
de culpa, llenos de veneno emocional: envidia, enfado, odio, tristeza,
sufrimiento. Y creamos todos estos pequeños demonios en nuestra mente
porque hemos aprendido a soñar el infierno en nuestra propia vida.
Todos
nosotros creamos un sueño personal propio, pero los seres humanos que
nos precedieron crearon un gran sueño externo, el sueño de la sociedad
humana. El Sueño externo, o el Sueño del Planeta, es el Sueño colectivo
de billones de soñadores. El gran Sueño incluye todas las normas de la
sociedad, sus leyes, sus religiones, sus diferentes culturas y sus
diferentes formas de ser. Toda esta información almacenada dentro de
nuestra mente es como mil voces que nos hablan al mismo tiempo. Esto es
lo que los toltecas denominan el mitote.
Pero lo que
nosotros somos en realidad es puro amor; somos Vida. Y lo que somos en
realidad no tiene nada que ver con el sueño, pero el mitote nos impide
verlo. Cuando contemplas el sueño desde esta perspectiva, y cobras
conciencia de lo que eres, comprendes cuán absurdo resulta el
comportamiento de los seres humanos, y entonces, se convierte en algo
divertido. Lo que para todos los demás parece un gran drama para ti es
una comedia. Ves de qué modo los seres humanos sufren por algo que
carece de importancia, algo que ni siquiera es real.
Pero
no tenemos otra opción. Nacemos en esta sociedad, crecemos en esta
sociedad y aprendemos a ser como todos los demás, actuando y compitiendo
continuamente de un modo absurdo.
Ahora bien, imagina por
un momento que pudieses visitar un planeta en el que toda la gente
tuviera una mente emocional distinta. La manera en que se relacionarían
los unos con los otros sería siempre feliz, siempre amorosa, siempre
pacífica. Ahora imagínate que un día te despiertas en ese planeta y que
ya no tienes heridas en tu cuerpo emocional. Ya no tienes miedo de ser
quien eres. Ya no te importa lo que la gente diga de ti, porque no te lo
tomas como algo personal y ha dejado de producirte dolor. Así que ya no
necesitas protegerte más. No tienes miedo de amar, de compartir, de
abrir tu corazón. Ahora bien, esto sólo te ha ocurrido a ti. ¿Cómo te
relacionarás con la gente que padece heridas emocionales y que está
enferma de miedo?
Cuando un ser humano nace, su mente y su
cuerpo emocional están completamente sanos. Quizás hacia el tercer o
cuarto año de edad empiecen a aparecer las primeras heridas en el cuerpo
emocional y se infecten con veneno emocional. Pero, si observas a los
niños de dos o tres años y te fijas en su manera de comportarse, verás
que siempre están jugando. Los verás reírse sin parar. Su imaginación es
muy poderosa y su manera de soñar una auténtica aventura de
exploración.
Cuando algo va mal reaccionan y se defienden,
pero, después, sencillamente se olvidan y vuelven a centrar su atención
en el momento presente para seguir jugando, explorando y divirtiéndose.
Viven el momento. No se avergüenzan del pasado y no se preocupan por el
futuro. Los niños pequeños expresan lo que sienten y no tienen miedo a
amar.
Por eso los momentos más felices de nuestra vida son
aquellos en los que jugamos como si fuéramos niños, cuando cantamos y
bailamos, cuando exploramos y creamos con el único propósito de
divertirnos.
Cuando nos comportamos como niños nos resulta
maravilloso porque ese es el estado normal de la mente humana, la
tendencia natural.
Somos inocentes, igual que los niños, y
para nosotros es normal expresar amor. Pero ¿qué nos ha ocurrido? ¿Qué
le ha ocurrido al mundo entero?
Lo que ha sucedido es que,
cuando éramos pequeños, los adultos ya padecían esa enfermedad mental,
una enfermedad altamente contagiosa. ¿Y cómo nos la transmitieron?
Captando nuestra atención y enseñándonos a ser como ellos. Así es como
trasladamos nuestra enfermedad a nuestros niños y así es como nuestros
padres, nuestros profesores, nuestros hermanos mayores y toda una
sociedad de gente enferma nos la contagió a nosotros. Captaron nuestra
atención, y, mediante la repetición, llenaron nuestra mente de
información. De este modo aprendimos, y de este modo programamos una
mente humana.
El problema reside en el programa, en la
información que hemos almacenado en nuestra mente. Una vez captada la
atención de los niños, les enseñamos un lenguaje, les enseñamos a leer, a
comportarse y a soñar de un modo determinado. Domesticamos a los seres
humanos de la misma manera que domesticamos a un perro o a cualquier
otro animal: con castigos y premios. Esto es perfectamente normal. Lo
que llamamos educación no es otra cosa que la domesticación del ser
humano.
Al principio tenemos miedo de que nos castiguen,
pero más tarde también tenemos miedo de no recibir la recompensa, de no
ser lo bastante buenos para mamá o papá o un hermano o un profesor. De
este modo es como nace la necesidad de ser aceptado. Antes de eso no nos
importa si lo estamos o no. Las opiniones de la gente no son
importantes y no lo son porque sólo queremos jugar y vivir en el
presente.
El miedo a no conseguir la recompensa se
convierte en el miedo a ser rechazado. Y el miedo a no ser lo bastante
buenos para otra persona es lo que hace que intentemos cambiar, lo que
nos hace crear una imagen.
Imagen que intentamos proyectar
según lo que quieren que seamos, sólo para ser aceptados, sólo para
recibir el premio. De este modo aprendemos a fingir que somos lo que no
somos y perseveramos en ser otra persona con la única finalidad de ser
lo suficientemente buenos para mamá, papá, el profesor, nuestra religión
o quienquiera que sea. Y con este fin practicamos incansablemente hasta
que nos convertimos en maestros de ser lo que no somos.
Pronto
olvidamos quienes somos realmente y empezamos a vivir nuestras
imágenes, porque no creamos una sola, sino muchas diferentes, según los
distintos grupos de gente con los que nos relacionemos. Una imagen para
casa, una para el colegio, y cuando crecemos, unas cuantas más.
Y
esto funciona de la misma manera cuando se trata de una simple relación
entre un hombre y una mujer. La mujer tiene una imagen exterior que
intenta proyectar a los demás, y cuando está sola, otra de sí misma. Lo
mismo pasa con el hombre, que también tiene una imagen exterior y otra
interior. Ahora bien, cuando llegan a la edad adulta, la imagen interior
y la exterior son tan distintas que ya casi no se corresponden. Y como
en la relación entre un hombre y una mujer existen al menos cuatro
imágenes, ¿cómo es posible que se lleguen a conocer de verdad? No se
conocen. La única posibilidad es intentar comprender la imagen. Pero es
preciso considerar más imágenes.
Cuando un hombre conoce a
una mujer, se hace una imagen propia de ella, y a su vez la mujer se
hace una imagen del hombre desde su punto de vista. Entonces él intenta
que ella se ajuste a la imagen que él mismo ha creado y ella intenta que
él se ajuste a la imagen que se ha hecho de él. Ahora, entre ellos
existen seis imágenes. Evidentemente, aunque no lo sepan, se están
mintiendo el uno al otro. Su relación se basa en el miedo, en las
mentiras, y no en la verdad porque resulta imposible ver a través de
toda esa bruma.
De pequeños no experimentamos ningún
conflicto porque no fingimos ser lo que no somos. Nuestras imágenes no
cambian realmente hasta que empezamos a relacionarnos con el mundo
exterior y dejamos de tener la protección de nuestros padres. Esta es la
razón por la que la adolescencia resulta particularmente difícil. Aun
en el caso de que estemos preparados para sostener y defender nuestras
imágenes, tan pronto intentamos proyectarlas al mundo exterior, éste las
rechaza. El mundo exterior empieza a demostrarnos, no sólo particular,
sino también públicamente, que no somos lo que fingimos ser.
Este
sería el caso, por ejemplo, de un chico adolescente que aparenta ser
muy listo. Acude a un debate en el colegio, y, en ese debate, alguien
que es más inteligente, y que está más preparado, le supera y le deja en
ridículo delante de todo el mundo. A continuación él intenta explicar,
excusar y justificar su imagen delante de sus compañeros. Se muestra muy
amable con todos e intenta salvar esa imagen delante de ellos, aunque
sabe que está mintiendo. Por supuesto, hace todo lo posible para no
perder el control delante de ellos, pero tan pronto se encuentra solo y
se ve reflejado en un espejo, lo hace añicos. Se odia a sí mismo; se
siente verdaderamente estúpido y cree que es el peor. Existe una gran
discrepancia entre la imagen interior y la imagen que intenta proyectar
hacia el mundo exterior. Pues bien, cuanto más grande es la
discrepancia, más difícil resulta la adaptación al sueño de la sociedad y
menos amor se tiene hacia uno mismo.
Entre la imagen que
finge ser y la imagen interior que tiene de sí mismo cuando está solo,
existen mentiras y más mentiras. Ambas imágenes están completamente
alejadas de la realidad; son falsas, pero él no es consciente de ello.
Quizás otra persona lo advierta, pero él está totalmente ciego. Su
sistema de negación intenta proteger las heridas, pero éstas son reales y
siente dolor porque intenta defender esa imagen por todos los medios.
De
pequeños aprendemos que las opiniones de todas las personas son
importantes y dirigimos nuestra vida conforme a esas opiniones.
Una
simple opinión de alguien, aunque no sea cierta, es capaz de hacernos
caer en el más profundo de los infiernos: «Qué feo estás. Estás
equivocado. Eres un estúpido». Las opiniones tienen un gran poder sobre
el comportamiento absurdo de las personas que viven en el infierno. Por
ese motivo necesitamos oír que somos buenos, que lo estamos haciendo
bien, que somos bellos. «¿Qué aspecto tengo? ¿Ha estado bien lo que he
dicho? ¿Cómo lo estoy haciendo?»
Necesitamos escuchar las
opiniones de los demás porque estamos domesticados y esas opiniones
tienen el poder de manipularnos. Por eso buscamos el reconocimiento en
los otros; necesitamos el apoyo emocional de ellos; ser aceptados por el
Sueño externo a través de los demás. Esta es la razón por la que los
adolescentes ingieren alcohol, se drogan o empiezan a fumar. Sólo para
ser aceptados por otras personas que opinan que eso es lo que hay que
hacer; sólo para que esa gente considere que están «en la onda».
Pero
todas esas falsas imágenes que intentamos proyectar provocan un gran
sufrimiento en muchos seres humanos. Las personas fingimos ser muy
importantes, pero, a la vez, creemos que no somos nada.
Ponemos
mucho empeño en ser alguien en el sueño de esa sociedad, en ganar
reconocimiento y en recibir la aprobación de los demás. Hacemos un gran
esfuerzo para ser importantes, para triunfar, para ser poderosos, ricos,
famosos, para expresar nuestro sueño personal e imponer nuestro sueño a
las personas que nos rodean. ¿Por qué? Pues porque creemos que el sueño
es real y nos lo tomamos muy en serio.


No hay comentarios:
Publicar un comentario